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OPINIóN


HISTORIA

Las elecciones, el fraude y la leyenda de "La Grieta"



Fecha: 23/09/2017   17:03  |  Cantidad de Lecturas: 1974

Las difíciles relaciones entre oposición y gobierno hacían suponer a Félix Luna que en la década de 1940 -y con Perón- se habría terminado el fair play entre los políticos argentinos




“Las formas adoptadas, tanto por el gobierno como por sus opositores para juzgarse mutuamente, para controlarse, para medirse, tuvieron proporciones excesivas, y dieron lugar a verdaderas ordalías contemporáneas. Este fenómeno, desconocido hasta ese momento, fue uno de los elementos más  característicos de la época peronista.”[1] No hace tanto que un ex periodista, hoy dedicado al género humorístico del Stand Up, creyera, como entonces Luna, que fue en los años kirchneristas cuando nació lo que él bautizó como una grieta que dividía a los argentinos por culpa de sus intolerantes gobiernos.

 

Parece excesivo caracterizar a ambas épocas por ello. En los 60 años de continuidad constitucional que corrieron entre Mitre y Uriburu estallaron las revoluciones mitristas de 1874 y 1893, la cívica del 90, las radicales del 93 y de 1905, sin olvidar la guerra civil de 1880. Todo esto en un marco de elecciones con fraude y matonaje. La década del 30, con sus urnas cambiadas, su “sufragio de difuntos” [2] y sus mil y un fraudes a la mayoría radical, tuvo también las revoluciones de Pomar, Cattaneo y Bosch. En ellas no se tiraba con balas de fogueo. Justo no era amado por el pueblo radical, que añoraba a Don Hipólito, y los partidos de la Concordancia tampoco creían merecedor de respeto a un radicalismo al que era “patriótico” trampear.

 

No muy distintos fueron los tiempos en que una dictadura prohibió hasta pronunciar la palabra Perón, so pena de prisión y multa pecuniaria. Tiempos que terminaron con la más terrible tiranía de nuestra historia, el llamado proceso de reorganización nacional, que agravó hasta el paroxismo las consecuencias de los odios heredados.

 

EL ODIO DE ARRIBA HACIA ABAJO

 

Los sectores populares reaccionaron muchas veces con violencia, pero lo suyo fue reacción. Es que durante la formación misma de la Argentina, la hueste conquistadora se había manejado por una forma –bárbara, sin duda- de participación popular en las decisiones.[3] Esta tuvo altibajos, y los burócratas peninsulares y los “hombres de posibles”, o sea los ricos, supieron con frecuencia poner al populacho en su lugar.

 

Volviendo al tiempo de Perón, calificado como tirano antes aún de asumir la presidencia, durante la campaña de la Unión Democrática, la alianza que respondía al embajador Braden, circulaba un panfleto:

 

Si usted es inteligente y peronista no puede ser honrado

 

Si usted es honrado y peronista no puede ser inteligente

 

Si usted es honrado e inteligente no puede ser peronista.

 

No cambiarían las cosas después que el coronel pasara a ser general y presidente. Julio Cortázar en su novela El examen hacía decir a uno de sus personajes, frente a una manifestación peronista: No me importan ellos. Me importan mis roces con ellos... Me jode no poder convivir, entendés. No-poder-con-vivir. Y esto ya no es un asunto de cultura intelectual, de si Braque o Matisse…Esto es una cosa de la piel y de la sangre. Te voy a decir una cosa horrible. Te voy a decir que cada vez que veo un pelo negro lacio, unos ojos alargados, una piel oscura, una tonada provinciana, me da asco.

 

Todo esto tiene que ver con las bombas del subte de 1953, las de los aviones de Plaza de Mayo de 1955 y la prohibición de la mera mención del Tirano por bando militar.

 

Esto es odio, y no otra cosa. Como era odio el de Juan Cruz Varela cuando festejaba el asesinato de Dorrego y ponía en éxtasis su estro poético para decir:

 

La gente baja

ya no domina

y a la cocina

se volverá

 

Y también lo era el de la anciana periodista –hija de un digno canciller conservador- cuando a 80 años de la muerte de Don Hipólito, lo seguía nombrando como el peludo.

 

EL ERROR DE DIAGNÓSTICO DE PERÓN

 

La oposición al peronismo fue implacable. El día en que asumió su primera presidencia, el 4 de junio de 1946, los diputados radicales que integraban la minoría estuvieron ausentes por única vez en la historia. Las conspiraciones golpistas se sucedieron y no faltaron los atentados terroristas contra el pueblo.

 

A fines de 1954 se produjo un conflicto con la jerarquía católica. Ésta, que había mantenido buena relación con el gobierno, creó un  partido demócrata cristiano. De este modo intentaba conservar su autonomía y seguir actuando como un factor de poder independiente. El gobierno lo sintió como una competencia.

 

La oposición se alineó con la Iglesia para enfrentar a un gobierno al que no podía vencer en las urnas. Un sector militar se sumó y el 16 de junio, aviones que llevaban el símbolo de la cruz bombardearon al pueblo en la Plaza de Mayo.

 

Perón llamó a la pacificación sin éxito: el 16 de septiembre se sublevaron fuerzas del ejército encabezados por Eduardo Lonardi acompañado por toda la marina. La lucha favorecía a los legalistas, cuando el almirante Isaac Rojas, al frente de la flota de mar, exigió la renuncia del presidente. Si no, se bombardearía la destilería de La Plata, y otros puntos del Gran Buenos Aires.

 

La amenaza terminó de descorazonar a Perón. “Me preocupaba… la idea de una guerra civil…y recordaba el panorama de una pobre España devastada que presencié en 1939.”  La mañana del 20 se refugió en la embajada del Paraguay.

 

Su ostracismo se extendería por casi dieciocho años.


El odio antiperonista

 

Desde ese día de 1955 han sido tema de debate los motivos de que el General no aprovechara su superioridad militar y su inmensa popularidad, para aplastar a los rebeldes. Naturalmente, para el antiperonismo, todo se debió a una presunta cobardía del presidente. A Félix Luna en 1968 le diría: “-¿Cobarde? ¡Si los generales nunca mueren en las batallas, nunca mueren con las botas puestas! Ellos no pelean; mandan que peleen los soldados!”

 

Milcíades Peña más allá que la mera cobardía, interpreta desde el marxismo: “En verdad, no fue la matanza lo que Perón trató de evitar, sino el derrumbe burgués que podría haber acarreado el armamento del proletariado. La cobardía personal del líder estuvo perfectamente acorde con las necesidades del orden social del cual era servidor.”

 

José Pablo Feimann, desde la interpretación que tiene de adolescente defraudado por su padre, dice: “Que quede claro: Perón se va con un Ejército que le sigue siendo leal y es superior al enemigo. Con una CGT decidida a la lucha. Y con los obreros que no se habían olvidado de los amparos del Estado de Bienestar y se la jugaban por él. Lo que falla es la conducción. … La conducción huye. … ¿Perón quiso evitar una guerra civil? ¿Fue víctima de sus condicionamientos de clase? … Si fue un líder combativo, ¿no tenía esa combatividad los límites de la coalición militar, empresarial, burguesa y proletaria que le dio textura? Todo eso es posible. Una cosa fue real: en septiembre de 1955, a todos los que salieron a pelear, el conductor los dejó solos… Todos querían pelear, pero el jefe los abandonó.”

 

Nos preguntamos: ¿todos querían pelear? Perón desgastado por diez años de gobierno personal, había perdido a Evita, su única interlocutora válida desde una posición de la más estricta lealtad. Además eran muchos los desgastados por diez años de combate permanente. Porque si la Revolución Justicialista no era revolución para ciertas categorías académicas, sí lo era para sus enemigos que la combatieron con ferocidad.

 

El conflicto con la Iglesia había debilitado lealtades militares, y parte de la oficialidad leal estaba carcomida por dudas. No ocurría lo mismo con sus enemigos, capaces de bombardear la Plaza de Mayo un medio día laborable.

 

Quedaba la CGT y las posibles milicias obreras. Pero la central, al menos sus líderes de entonces, aconsejaron a los trabajadores mantenerse en calma, al día siguiente de la derrota insistieron sosteniendo “la necesidad de mantener la más absoluta calma y continuar las tareas”.

 

Galasso, demasiado peronista, Feinmann, adolescente fastidiado, Page historiador norteamericano

 

Norberto Galasso, a quien Feinmann ve demasiado peronista critica “La miopía de los analistas políticos liberales (que) los llevará a juzgar que la renuncia se origina en la supuesta cobardía del General. No observan los movimientos profundos de las aguas que son los que explican las olas y la espuma: ese frente policlasista que sostenía a Perón –Iglesia, empresarios, Ejército, trabajadores- se ha desintegrado, y su conductor, ya sin sustento, no tiene otra alternativa que abandonar el escenario de la política argentina.” Y Joseph Page, en su lúcida interpretación del personaje y de la época, se acerca a las verdaderas causas cuando dice: “¿Por qué abandonó Perón su puesto sin luchar? La victoria militar parecía estar al alcance de la mano, especialmente considerando la inminente derrota de Lonardi en Córdoba. Sin embargo, el levantamiento de la marina en su totalidad, el control de un sector del territorio por parte de los rebeldes en Cuyo y el compromiso asumido por muchos civiles de combatir el gobierno hasta su derrumbe hacen pensar que la caída de Córdoba no hubiera significado la terminación de la guerra civil. Por todo ello, Perón debe haber llegado a la conclusión de que si el conflicto se prolongaba indefinidamente le hubiera sido imposible triunfar.

 

…Aun en el caso en que él hubiera efectivamente pensado que podía aplastar la rebelión, Perón pudo haber optado por alejarse. A menudo se refería a la terrible tragedia de España –cuyas consecuencias él había tenido oportunidad de ver con sus propios ojos- como una razón suficiente para evitar un holocausto similar en la Argentina. El sabía muy bien lo que hacía falta para derrotar a los rebeldes en una guerra prolongada pero, asimismo, percibía lo que se necesitaría para gobernar el país una vez concluido el conflicto. Sólo iba a ser posible una dictadura férrea; él no iba a poder hacer el papel de moderador, de arquitecto de la unidad nacional, de conductor de una ‘comunidad organizada’. No valía la pena luchar para obtener ese tipo de victoria: por eso abdicó.” “Yo no me arrepiento de haber desistido de una lucha que habría ensangrentado y destruido al país. Amo demasiado al Pueblo y hemos construido mucho en la Patria para no pensar en ambas”, diría en declaraciones periodísticas no muy posteriores.

 

Pero se equivocaba al creer que las profundas transformaciones producidas durante su gobierno estaban totalmente consolidadas. Supuso que el odio se concentraba en su persona. Que al irse, se calmarían las aguas y, a pesar de que no faltarían las pequeñas venganzas y las injusticias personales, la Revolución Peronista era definitiva.

 

Al día siguiente de su caída comenzó la tarea de destruir su obra. Sin embargo, no poco había quedado, y los peronistas comenzaron una resistencia heroica que duraría casi dos décadas.

 

LA REVANCHA

 

Una vez más, la reacción oligárquica mostró las garras como lo había hecho cada vez que los sectores populares se habían atrevido a alcanzar el poder y, sobre todo, a causar importantes trasformaciones sociales.

 

La dirigencia que no alcanzó a exiliarse sufrió cárcel, tortura, inhibición de bienes, hasta culminar en junio de 1956, con los salvajes fusilamientos de civiles y militares.

 

Muchos pudieron regresar a la patria o salir de la clandestinidad recién en 1958. Otros soportaron largos años de prisión, acusados de un delito que por lógica correspondería sólo a tiempos de guerra, pero que los manchaba con la más grave de las culpas. Eran los legisladores comprendidos en la causa JUAN PERÓN Y OTROS, TRAICIÓN A LA PATRIA.

Ana Macri, diputada de la primera horneada, a la cárcel por cómplice de la causa Perón, Juan y otros: traición a la Patria

 

Han pasado varias décadas, y algunos métodos han cambiado. En otros casos, en nuestro tiempo se vuelve a las mismas acusaciones.

 

Enrique Manson

Septiembre de 2017



[1]Luna, Félix. Historia Argentina.

[2]Jauretche, Arturo. El paso de los libres, pag. 49

[3] Esto le costó el mando y un regreso amarrado con cadenas al muy legalista y obediente del Rey castellano, Alvar Núñez. Los insolentes habitantes de Asunción no respetaron formas legalistas para imponer a su caudillo Irala.

 



Fuente:  23 de septiembre de 2017 (Enrique Manson - Agencia DERF)








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